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Desde El Salvador

Viernes 27 de febrero. Concierto de Mago de Oz.

Salí tempranito del CEDEFAR, en el bus de las 10.30. Ni almorcé porque no tenía tampoco mucha hambre. Yo iba escuchando el disco de Mago que me había estado empollando para el concierto :P
En el bus hacia Sonsonate, la señora que iba a mi lado compró caramelos a un vendedor ambulante y me ofreció. Qué cosa más linda. No sé, esas cosas no suelen pasar en España, verdad?
Me tomé un agua de coco, me encanta, me gusta cuando lleva un buen trozo de coco maduro dentro. Muchas veces lleva sólo moco gelatinoso, que hay gente que adora, pero a mí, puaj. Sonsonate es la tierra de los cocos, tiene muchos cocoteros y cuando una chica tiene grandes pechos, suelen decir “ésa es de Sonsonate”. Yo al principio me quedaba sorprendida de que supiesen decir así la procedencia. Qué inocente soy.
Llegué a casa de Alfredo y dejé las cosas, ni siquiera almorcé, tenía pensado comer algo por ahí. Pregunté a Alicia y a Gloria cómo llegar al sitio del concierto, intenté llamar a unos amigos de Priscilla que iban al concierto pero no respondieron, así que decidí llamarlos más tarde. El caso es que de momento yo iba sola al concierto, pues no sabía de nadie más que fuese a ir.
Fui al centro comercial “Metrocentro” y desde allí llamé de nuevo. Resulta que sí iban al concierto pero tenían entrada “general” y la mía era “preferencial”, así que no íbamos a estar juntos. Mala suerte, ahora sí que iba sola. Fui al ciber a matar el rato charlando con Pablo, que casi me prohibe ir sola. Menos mal que logré tranquilizarlo, para la próxima vez mejor no le digo nada :P (que nooooo, que te diré todo).
Se acercó la hora del concierto (19) y me fui a por algo de cena. Compré unos tacos para llevar y fui a la parada del bus, donde el microbusero de la 44, que me habían dicho que era la que me llevaba allí, me dijo que no pasaban ni cerca. Así que estaba perdida. ¿Perdida del todo? Noooo, soy una chica con recursos y en cuanto vi a un grupo de chavales vestidos todos con camiseta negra... “Oye, perdona, ¿vais al concierto de Mago de Oz, verdad?” Y por supuesto que iban, así que le comuniqué al chaval mi intención de acoplarme a ellos. Se apresuró a presentarse él mismo y a todos sus amigos: Naúl, Evelio, Errol, Juan y Alberto. Hablando, no sé que dijo exactamente pero fue algo así como: ¿y qué hace una española en El Salvador?. Eso me emocionó bastante, no dijo siquiera canadiense, que es con lo que me confunden últimamente. El caso es que en el concierto nadie me tomó por gringa, sino por española. Maravilloso.
Me tomé los tacos en el bus mientras Evelio me explicaba desde cuando era fan de Mago de Oz y yo le explicaba que en mi caso, hacía ya muchos años que no escuchaba casi nada del grupo, pero que no podía perderme el concierto.
Llegamos allá y tuvimos que hacer una gran cola para poder acceder al recinto. Tenían que registrar las mochilas y a las personas y parece que no eran especialmente ágiles. Estuvimos una hora y pico allí, haciendo cola, riéndonos mucho, éstos comprando las cervezas que las aprovechadas de las vendedoras ambulantes vendían a dólar al público sediento. En esa hora nos reímos mucho, eran muy simpáticos y además me sentía cómoda con ellos. La pena era que también tenían entrada general. Pero intentarían saltarse la valla y venir abajo. De todas formas, acabé por despedirme de ellos, encantada de haberlos conocido, como si no los fuese a volver a ver.
Así que cuando llegué todavía estaba en el escenario el grupo telonero. A saber cómo se llamaban (¿puede ser Santa Ana? Eran de acá). Me propuse ganar posiciones hasta lo más cerca del escenario que pudiese llegar, pero no sabía lo difícil que iba a ser el tema. Para no dar demasiados detalles (esos ya se los di a Pablo, que es el único al que le deben interesar estas cosas), diré que me sobaron el culo de lo lindo. Y que yo debí magullar a bastantes salvadoreños, ya fuese a base de arañazos o retorciendo los dedos. El caso es que logré llegar hasta primera fila, pero me quedé allá sólo un par de canciones: estaba empapadita de sudor. Me dejaron salir por la valla y quedarme en un lateral, libre de presiones y en primera fila, aunque muy de lado. El tipo que estaba encargado de esa zona, me estaba haciendo un favor al dejarme estar ahí, aunque yo no era la única que estaba. El caso es que debió de pensar que yo le debía otro favor y me agarró de la cintura y luego me tocó el culo. Me escabullí de sus garras en cuanto pude.
Al cabo del rato, me obligó a salir de allí y me hizo pasar a la trasera del escenario, con los técnicos, los periodistas y los músicos, aunque estos últimos estaban demasiado ocupados en el concierto como para hacer caso a la gente que andábamos por allí. Así que como no veía muy bien ni oía de maravilla, me volví a salir hacia el centro.
Esta vez, elegí una zona más despejada, en la que poder mantener a salvo mi retaguardia. Ya no volví a tener problemas más que alguna que otra mano furtiva que se escapaba en busca de mis nalgas.
Allí ya me puse a bailar, botar, brincar, cantar... Con toda la gente que había en la “olla”. Debían pensar “esta extranjera borracha...” Sólo me había tomado un Sprite! Pero tenía energía para durar un buen rato.
En uno de esos brincos, me tropecé casi de morros con Naúl. ¡Qué emoción! ¡Habían saltado!. Bueno, me reuní con ellos, los puse a todos a brincar y cantar a lo bestia y acabé el concierto con ellos. Jo, que emoción.
Les pedí que me ayudasen a encontrar un taxi, Errol había contado en la fila, mientras esperábamos, que la semana pasada un taxista había violado a una cliente, y claro, eso no me dejó muy tranquila. Ellos pensaban dormir en la calle, excepto Errol que iba a tomar un taxi también, así que decidimos que iríamos juntos pues mi casa estaba de camino a la suya.
Ya eran más de las 23 y no lográbamos atrapar un taxi, así que llamaron a su “contacto”, vamos, un taxista al que suelen recurrir. Vino desde el centro a buscarnos. Les dejé mi dirección de email y subimos al taxi. Errol me contó un poco de su vida, que estudia Farmacia, que tiene una nota media sobre 9 así que el próximo año podría estudiar en el extranjero con todo pagado... Eso está bien, que por tener esas notas te financien los estudios en otro país... Más nos gustaría tener algo así en España. Claro que yo nunca lo lograría...
Y llegué a casa sana y salva por 4$. Si hubiese tomado yo un taxi, con la cara de extranjera me hubiesen cobrado lo menos 10$. No hay taxímetro, pactas el precio antes de subir al taxi, si te gusta lo tomas, si no, o bien regateas o lo intentas con otro taxi.

Sábado 28 de febrero y domingo 29 de febrero. Descanso y más descanso.

Vagueé mucho por la mañana del sábado. La verdad, sólo fui a MetroCentro, chateé y luego fui a ver “Capitán de mar y tierra” (Master and Commander, que no sé cuál es el título en España) al cine. Mi idea inicial era ver “El viaje de Chihiro”, pero si quería participar en la porra de los Óscar, tenía que ver alguna más que El señor... y Mystic River. Y sí, fui al cine sola. De verdad que no se pasa vergüenza ni es algo deplorable. Además, de esa película no había mucho que comentar con nadie, y en caso de que me hubiese visto necesitada de alguien para comentarla, no dudéis que habría abordado al primer salvadoreño desprevenido y me hubiese puesto a charlar con él/ella.
El domingo perdí el día miserablemente por esperar a Érika. Me había dicho que volvería en la mañana e iríamos al Parque Cuscatlán a ver el monumento a los desaparecidos en la guerra. Pero llegó a las 3 de la tarde y fuimos directamente al chat. Así que ni fui al centro a pasear, ni fui al parque.
Después de chatear, quedamos con Hada Iris en MetroCentro y con dos amigos de Érika para ir a tomar algo por ahí. Hada llegó antes y nos contó que hacía 3 semanas que no veía a su novio (Pabel, o como se escriba) y que necesitaba distraerse y hacer otras cosas, por eso estaba deseando salir con nosotras.
Llegaron los dos amigos, traían coche y decidimos ir a los Planes de Renderos, a comer pupusas. Ya estuve en otra ocasión en los Planes, es un lugar “turístico” pero más que nada para la gente de El Salvador, que los fines de semana van en familia a comer pupusas a alguno de los tropecientos restaurantes que hay allí. También es donde está el mirador de San Salvador.
Subimos hasta allá y por el camino (no recuerdo los nombres de los chicos) el copiloto me interrogó acerca de España. Me caía bastante bien hasta que hizo un comentario que fue algo así como: “Pues por una vez Érika no me ha mentido, me dijo que sus dos amigas eran guapas”. Ya debiera estar acostumbrada a ésa y cosas peores, pero entre los de carpintería y que el tipo este me resultó pelín repulsivo... Pues no me sentó bien. Pero pensé que me vengaría aceptando la inevitable invitación a la cena que nos propondrían. Y así fue. Yo pedí además de las pupusas, un licuado de fresa natural y unas papas fritas. Y pagaron ellos aunque nosotras protestamos.
Ya ni recuerdo de qué cosas hablamos durante la cena, pero ocurrió un incidente bastante impactante. Sin darnos ni cuenta, apareció Pabel en nuestra mesa a saludarnos. Decía que había visto a Érika ir al baño. Resulta que estaba a cosa de dos mesas atrás. Increíble. Mi primera reacción fue pensar que Érika había apañado aquello para que se reencontrasen y miré a Hada con cara de extrañeza. La pobre tenía una carita... Pero luego me di cuenta de que el arreglo era imposible, porque habíamos decidido sobre la marcha ir a los Planes, y si habíamos elegido aquella pupusería en particular era porque había aparcamiento, y había muchísimas mesas ocupadas y fuimos precisamente a la única que estaba libre. Vamos, que aquello no podía estar amañado. Pero qué puta casualidad. Nos quedamos las tres bastante impactadas y los otros dos no se enteraban de qué pasaba ni se lo quisimos explicar.
Después nos entró un sueño terrible y ya nos llevaron a nuestras casas. Se empeñaron en que en Semana Santa vayamos a San Miguel, donde viven, para el “carnavalito” y las lunadas (fiestas en la playa bajo la luz de la luna). Estaría divertido, pero no sé si la compañía sería del todo de mi agrado. Aunque con Érika y Hada seguro que lo paso bien.

Domingo 22 de febrero. Subida al Chaparrastique.

5 am y soy la primera en levantarme para no tener que pelear por la ducha, tener el cuarto de baño para mí solita e intentar vaciar mis intestinos antes de comenzar a subir. No hay modo, la intestinomicina funciona demasiado bien, llevo desde el viernes sin soltar prenda.
Desayuno tranquilamente, el resto va a desayunar en un comedor de camino al volcán así que yo me tomo mis galletas con leche (ya sé que la leche no es buena, pero unas galletas sin leche...), mi sobrecito de bacterias (una de las medicinas que me recetaron) que casi noto retozando felizmente entre el resto de la flora intestinal y “chupé” una naranja.
A las 6 y pico llegan los demás a por nosotros. Entre unas cosas y otras, (Mario se entretiene preguntando a Lucy por dónde subir, Maureen le da su número a Lucy, Marie decide quedarse en casa por estar cansada por el jet-lag...) se nos va haciendo cada vez más tarde.
Paramos en el comedor, mientras desayunan yo duermo en el pickup y así cuido las cosas. No estoy de muy buen humor, en parte porque la presencia de Adonay me incomoda, procuro ni mirarle para no tener que hablarle. Por suerte somos muchos.
El caso es que comenzamos a subir a las 8.30. Cuando llegamos a “Las Placitas”, la finca desde la que hay que comenzar a subir (en realidad se puede subir mucho más en coche, pero decidimos hacerlo desde allí) y miramos hacia arriba, he de confesar que pensé para mis adentros: no vamos a llegar. Éramos un grupo de 10 personas (Claudia y Heráclito se habían apuntado) de lo más variado. Montañeros eran: Marta, Mario, Vicente y en menor medida, Cecile. El resto no practicábamos esto normalmente. A mí, cuando me dijeron que íbamos a ir muchos, me pareció que si íbamos tantos, sería algo fácil, que en caso contrario habrían ido Mario y Marta solos, que son los locos de la montaña.
El Chaparrastique era enorme. 2100 metros, aunque no sé a qué altura está Las Placitas. Comenzamos a subir por los caminos que usan los remolques para bajar el café. El primer cinturón de vegetación que tiene el volcán son todo cafetales, el camino está sombreado por árboles y es muy firme por el ir y venir de los camiones. Pero era todo cuesta arriba. Ni un rellanito (tal vez exagero un poco, vale). Mario nos iba indicando que cada uno siguiese a su ritmo, que no se forzase la marcha porque cada vez se haría más difícil y no podíamos agotarnos desde el principio. Pero era muy desalentador el ver cómo los primeros desaparecían de tu vista y parecía como si tú disminuyeses más la marcha. Así que los alcancé y me propuse si no seguir sus pasos, ir un poco por detrás de ellos, aunque me faltase el aliento. Procuré andar sola, entre grupos, para no tener que hablar y me entretuve escuchando las diferentes conversaciones. Se hizo ameno.
Parábamos bastante a menudo para no perder a los que iban últimos. Claudia y Heráclito iban siempre muy retrasados, a veces Priscilla o Maureen se quedaban muy atrás también. En cabeza iban Adonay y Mario, seguidos muy de cerca por Marta y Vicente. Cecile solía estar con estos últimos aunque a ratos se bajaba a mi altura.
El agua escaseaba, pues no contábamos con Claudia y Heráclito y ellos no habían traído nada propio.
La siguiente zona, era más escarpada todavía. La vegetación era matorral bajo y seguíamos una vereda que parecía hecha por animales. Yo me iba agarrando a todas las ramas para poder ir subiendo los escalones del terreno, el sol ya empezaba a pegar y aquí no había árboles que nos resguardasen de él. Era duro. Aquí nos empezamos a disgregar de verdad, aunque podíamos mantener contacto visual por estar el terreno en cuesta y los de más arriba vigilaban por dónde iban los últimos. Yo procuré pegarme lo que pude a la cabeza del pelotón y en cierto modo lo conseguí, aunque me parecía que los primeros estaban a años luz, pero si miraba hacia abajo y veía a los siguientes, podía apreciar que estaban más lejos todavía.
La vegetación se fue haciendo cada vez más escasa y el terreno menos firme. Ya empezaba a haber arena volcánica bajo nuestros pies y yo me sentía tentada de andar a través de los matorrales en lugar de por la senda, que resbalaba y cada tres pasos retrocedías uno. Comenzamos a ver “pulcres”, una especie de “pita” o “maguey”. Aquello era ya un poco desértico.
Cuando terminó esta zona de matorral bajo, descansamos. Estábamos ya en plena arena volcánica, donde de cada 3 pasos retrocedías 2. Nos sentamos en unas rocas que parecían más o menos firmes, a esperar a los más retrasados. Tardaron bastante en subir hasta donde estábamos. Mientras esperábamos, tomamos un refrigerio a base de manzanas, agua, galletas... No llevábamos demasiada agua y Mario empezó a preocuparse por el tema.
Cuando nos alcanzaron, descansamos un rato más para que los últimos tuviesen su descanso también. Era dificilillo descansar allí porque tenías que hacer fuerza con los pies para no caer hacia abajo, resbalando. Yo logré medio sentarme en una roca, se me clavaba la arena en el culo, pero al menos colgaban mis cansados pies.
La zona volcánica era difícil y peligrosa. La pendiente era ya muy alta, las rocas no eran firmes y la arena (más bien grava) hacía que resbalases a la mínima. Había que tener cuidado de verdad. Andábamos casi a gatas, agarrándonos con manos y pies a donde podíamos. Muchas veces los apoyos fallaban y bajo el pie o la mano cedía un trozo de roca que rodaba hacia abajo, con peligro de golpear a alguno de los que iban detrás. A mí me golpeó más de uno en los tobillos, pero iban despacio, así que no me pasó nada. Y a mi vez, desprendí más de uno. En particular, hubo un trozo enorme de roca que deslizó hacia abajo después de que yo hubiese pisado en él. Debía pesar sus 60 kg y se dirigía directo a Mario, que estaba ayudando a Priscilla. Menos mal que lo paró con las manos antes de que le golpease las piernas.
Priscilla lo estaba pasando realmente mal, la pobre. No se atrevía a incorporarse e iba todo el rato a gatas, cuando no era necesario. Mario bajó a animarla, darle consejos y ayudarla a subir.
Vicente se resbaló y bajó sin control unos 7 metros hacia abajo. Pudo agarrarse a algo y se paró. Menos mal, porque podría haberse hecho mucho daño y no se hizo nada. Sólo fue un susto.
Ya pegaba bastante el sol y a cada paso aquello se hacía más empinado. Encima, a la dificultad del camino, se le unió la paranoia de nuestras mentes. Resulta que en varias ocasiones han asaltado a los excursionistas del Chaparrastique. Por esta razón, Vicente dejó su cámara en el pickup en lugar de llevársela arriba. Y durante el último tramo de subida, empezamos a comernos la cabeza.
Vimos algunas personas en el borde del cráter. Lo lógico era pensar que eran excursionistas como nosotros, pero en cuanto alguien mencionó lo de que podían ser asaltantes, al resto parecía que no le cabía duda de que lo eran. Saqué mis prismáticos y refugiados detrás de unas rocas, nos pusimos a mirar Adonay y yo. 4 personas. De momento no podíamos ver mucho más. Seguimos subiendo y ya pudimos distinguir más: eran hombres, vimos cómo iban vestidos, uno llevaba una mochila y lo más importante era que uno de ellos llevaba un corvo (machete de casi medio metro de largo). Ya está: miedo para todos y a dosis iguales. Bueno, eso parecía. Yo en el fondo estaba bastante tranquila ante la inevitabilidad del asunto. No íbamos a dar marcha atrás y no podíamos subir por otro sitio, así que a no ser que nos rajásemos y diésemos media vuelta, nos asaltarían. También me tranquilizó mucho el que dos de ellos llevaban grandes sombreros naranja butano. Joer, si eres asaltante tratas de pasar inadvertido para que la “presa” no salga huyendo antes de tiempo. Y un machete lo hubiese llevado yo también si me hubiesen dicho que podían asaltarme.
Mario estaba bastante asustado e incluso planteó la posibilidad de que diésemos media vuelta. Pero pensamos que si dábamos media vuelta nos seguirían y alcanzarían. Sólo quedaba seguir. Hubo que atender a Priscilla porque le había dado un ataque de ansiedad ante tanta dificultad. Marta lo definió más tarde como “uno de los momentos apoteósicos del viaje”: próximos a la cima, planteándonos qué hacer y Priscilla con el pelo a lo afro, blanco por el polvo y sentada en el suelo, intentando recuperar la respiración mientras Mario la tranquilizaba.
Ya quedaba menos para la cima y procurábamos estar en grupo, ellos eran 4 y nosotros 10. Pero llegó un momento en el que unos cuantos de nosotros recuperamos totalmente la cordura y decidimos dirigirnos hacia los tipos tranquilamente. El resto se escandalizó “no os separéis!” pero allá abajo los dejamos. Llegamos allí y “hola, buenos días, qué tal?”. Mario hasta les dijo “no sabéis el susto que nos habéis dado, nos habían dicho que había asaltos por aquí y ya pensábamos que vosotros erais asaltantes”. Nos dijeron que a ellos les habían dicho lo mismo, que era la primera vez que subían. Vamos, que tanto miedo para nada.
Desde el punto en el que estaban parados estos, al abrigo de una roca que les cubría del sol, hasta el borde del cráter, había sólo unos 20-25 metros. Pero eran los metros con más mala leche de todo el volcán. La pendiente era muy alta y la arena resbalaba más que nunca. Qué poco faltaba y qué eterno se me hizo.
Fui la primera chica en llegar a la cima :P Pero porque Marta se había quedado atrás ayudando a los otros, claro. En realidad no era la cima del volcán, el lugar en el que estábamos era la zona más baja del borde del cráter. Del primer cráter, porque tenía un cráter doble (uno dentro de otro).
Desde el borde más exterior se veía la falda del volcán hacia dentro hasta llegar al borde del segundo cráter. También se veía la planicie que había hasta llegar al segundo cráter, sembrada de rocas dispuestas formando letras: “Raquel y Juan”, “Alberto”, “Yo” o “Real Madrid” (cómo no).
Cuando me animé a bajar hasta el segundo cráter y asomarme, me llevé una grata sorpresa: había fumarolas. Grandes fumarolas que echaban gran cantidad de humo sulfuroso, a juzgar por el olor y por los restos de azufre que había en muchas rocas por el camino. El cráter interior era como un gran derrumbe, con paredes muy verticales y grandes rocas dispuestas casi al azar. Para llegar allí, primero hubo que pasar por una zona en la que había una gran grieta, era impresionante ver cómo las rocas estaban desgarradas y a veces formaban puentecillos entre ambos extremos de la grieta. Un temblorcillo y se venían abajo, seguro.
Fueron llegando los otros y comimos arriba. Íbamos a hacer sandwiches con el atún, el jamón, el tomate y el pepino. Éramos 10 personas y había 5 tomates y a mí se me ocurrió la genial idea de comentar “partamos los tomates en dos y tocamos a medio cada uno”. Bueno... Vicente saltó para comentar algo de “mira la demócrata esta, joder, se van haciendo sándwiches y a lo que toquemos cada uno” y yo debí decir algo de “pero así se reparte mejor y puede haber gente que no quiera el tomate en el sándwich”, (Cecile dijo precisamente esto). Y el otro bla bla bla con “demócrata de mierda”, así que yo le solté algo de anarquista y empezamos a picarnos. La verdad es que era más de coña que otra cosa, pero alguno de los otros se asustó de nuestra “pelea” y nos pedían que por favor lo dejásemos. Yo ofrecí sal (llevaba un sobrecito diminuto que llevo siempre por si las emergencias y se nos había olvidado traer) a todos los que estaban dentro del sistema y él se empeñaba en que a él le tocaba media lata de atún y que a nadie se le ocurriese poner algo de esa media lata en mi sándwich. A todo esto, Cecile y yo decidimos que mi postura era más comunista que demócrata.
Después de la comida, nos tumbamos en la grava a dormitar un poco, con todo el sol pegándonos, pero no hacía calor por la altitud. Marta, Mario y Adonay, que son unos culos inquietos, fueron a darse la vuelta al borde del cráter, nos dijeron que a las 14.30 empézasemos a bajar hubiesen llegado ellos o no.
Así que estuvimos allá arriba como hora y media descansando después de 4h y media de subida. Llegó la hora de la bajada y aquellos tres estaban en el quinto pino, así que empezamos a recoger. Hubo que esperar cuarto de hora más a que Claudia bajase al cráter, se diese una vuelta, decidiese regresar... Ya lo podía haber hecho a las 14.15!! En ese cuarto de hora, vimos que los tres aventureros habían dado media vuelta porque no podían avanzar más. Les gritamos que nos íbamos y jugamos un poco con el eco recién descubierto. Madre mía la de veces que repetía aquello las cosas, supongo que el sonido se quedaba encerrado en las paredes del cráter y rebotaba contra una y otra pared todo el rato.
La bajada no tuvo nada que ver con la subida. Para empezar, fueron sólo 2h y media de bajada. Pero es que la bajada de la zona volcánica fue divertidísima. O al menos para los más osados de nosotros. Toda aquella grava que nos hacía dificilísimo el subir, facilitaba enormemente la bajada. Eso sí, se levantaba una GRAN polvareda a nuestro paso y acabamos todos rebozaditos cual croqueta de la abuela.
Para bajar, buscábamos precisamente las zonas de arena y esquiábamos por ellas. Era más bien una mezcla entre patinar, esquiar e ir dando saltos. Pero al menos Vicente, Celile y yo, bajábamos a toda leche por la arena. Maureen, Priscilla y sobre todo Claudia y Heráclito, le tenían mucho más respeto a la pendiente e iban despacito. No saben lo que se perdieron. Primero, se hace mucho más pesado bajar despacio y segundo, muuucho más aburrido. No había peligro, si querías parar, sólo tenías que hincar los talones y la arena te cubría hasta casi la rodilla y te parabas. Heráclito no quería ponerse de pie y bajó las cuestas sentado sobre la arena, con los pies extendidos y remando con los brazos. Bajaba lento, pero más rápido que andando y parecía que se lo pasaba pipa.
Al llegar a la segunda zona, la de matorral, los 3 aventureros nos habían alcanzado. Estábamos un poco desorientados, pero al final logramos encontrar la senda por la que habíamos subido. Ya nos habíamos quedado sin agua, así que sólo deseábamos llegar abajo para poder tomar agua (yo y Priscilla) y unas cervezas (el resto).
La bajada la hice agarrándome a todos los arbustos del camino, menos mal que no tenían espinas. Y a pesar de colgarme literalmente de ellos, me di más de un culetazo por resbalarme. Mis pobres pantalones blancos estaban llenitos de tierra. Y aún así a Claudia se le ocurrió comentar más tarde que “qué limpios estaban mis pantalones”, pero es que lo decía en serio. Estos colombianos son daltónicos y confunden marrón con blanco.
El resto de la bajada por los cafetales sólo se vio interrumpida por una parada mía. Claro, con tanto esfuerzo, en algún momento tenían que responder mis intestinos. Había llegado el momento. Dije a todo el mundo que se alejase en un radio de 50 metros (calculé que las emanaciones no alcanzarían dicha distancia, incluí en mis cálculos la ligera brisa que bajaba por la montaña) y me interné en el cafetal. Agarrada a una mata de café y medio colgando con el culo hacia el barranquillo, descargué la pasta amarillenta que había estado circulando por mis intestinos desde el viernes. Oye, ¡qué gustazo! Vale, lo sé, es un párrafo muy escatológico, pediré que no figure en los anales de la historia (lo siento, tenía que hacer el juego de palabras).
Bajando, nos perdimos un par de veces y tuvimos que deshacer el camino recorrido. Yo que ya me había hacho a la idea de que era todo cuesta abajo ya. Ains, las piernas cómo se quejaban. No quería ni imaginarme las agujetas que tendría al día siguiente.
Llegamos a Las Placitas y para desesperación de todo el mundo, no fuimos inmediatamente a conseguir algo de beber. No sé cómo pasó. Sólo soñábamos con el agua y de repente, había que tomar fotos del Chaparrastique con la luz de la puesta de sol, tomar fotos del grupo (prueba conseguida!), lavarnos la cara y los brazos en el agua de pozo (no potable, aunque alguno bebió) de la familia que nos cuidó el coche, pagarles algo por cuidarlo (3$ que salieron del fondo común que teníamos)...
La verdad, fue una hazaña (para mí). Volví a mirar a la cumbre de aquello y no pude creerme que yo había estado allí arriba, era demasiado alto, demasiado escarpado, demasiado bonito para ser verdad.
Por fin fuimos a beber algo. Al final sólo agua y Cocas, que era lo que vendían. También nos metimos unos buenos trozos de sandía dulce y acabamos con las galletas. Había que volver a San Miguel y regresar a San Salvador, tampoco podíamos perder mucho tiempo.
Ni siquiera cenamos. Recogimos las cosas y a Marie, que había pasado un agradable y descansado día de domingo en compañía de Lucy. Adonay estaba cansado pero aún así nos llevó a casa sanos y salvos. En el remolque hacía bastante frío, como ya era de noche, el sol no calentaba y la velocidad hacía que la brisa nos congelase. Íbamos acurrucados como podíamos e intentando dormir. Yo iba en el fondo del remolque con un montón de piernas pasando por encima mío. Estaba muertecita del cansancio. Menos mal que me dejaron a mí la primera en casita. Tuve que darme una ducha para quitarme todo el polvo que llevaba encima. Aquí, cuando te das una ducha rápida, te dicen que “hueles a tierra mojada” porque no te has quitado toda la suciedad de encima y se ha formado barrillo. Bueno, en mi caso era literal. Probablemente mi pelo estuviese lleno de polvo mojado, pero me fui a la cama feliz.

Lunes 23 de febrero. Examen de heces.

Me levanté más tarde porque estaba muertecita del cansancio. Le dije a Alfredo antes de que se fuese, que ya iría por la oficina después de pasar por el Hospital de la Mujer y dejar la muestra de examen de heces.
Primera misión del día: hacer caca.. Y era un objetivo nada fácil, me puse a ello con todas mis ganas pero no logré nada. Además, el retrete está en la zona más transitada de la casa, la pila (luego os explico lo de las pilas). Y tampoco facilita la concentración el hecho de tener que estar sosteniendo un trozo de papel higiénico debajo del culo porque el chorizo no puede caer a la taza (son de estas inundadas). Mira que estuve empujando... Pero nada. Pues nada, a ducharse, desayunar y esperar a ver si entran ganas. Le conté el problema a Alicia y me dijo: ¿por qué no tomas un vaso de agua con azúcar?. Yo debí responder con un ¿eink? Y ella me aclaró que un vaso, con dos cucharadas grandes de azúcar ayudaba. Oye, que a los 5 minutos de haberlo tomado, solté la cagada de una vez. Joer, ya lo podían haber dicho antes.
Ya no era diarrea, aunque la consistencia dejaba mucho que desear. Coloqué el primer trocito que cayó en el botecito y me dispuse a partir, ya feliz.
En el hospital me dijeron que los resultados estarían listos a las 14:00. Cagüen, si hubiese tomado el agua antes, me los habrían dado antes y podría volverme al CEDEFAR ese día, pero siendo a las 14, me obligaba a quedarme en San Salvador. Así que volví a la oficina, le dejé el recado a Eliseo de que no iba a llegar por el CEDEFAR ese día...
Almorcé con Marie, Cecile, Marta y Mario, en otro comedor, más caro pero la comida estaba muy buena y es que a las horas a las que fuimos a comer, no había otra cosa abierta. Me entretuve allá hasta que se hizo la hora de ir a por los análisis, que resultó que dijeron que no tenía parásitos. Así que ni llamé al médico. Error, porque a ver quién soy yo para analizar los resultados de un análisis. Efectivamente, de los arásitos que habían buscado, no había ninguno, pero el sábado siguiente, llamé al médico para que supiese los resultados y en las observaciones decía “leucocitos abundantes en mucus”, lo que quería decir que había una infección (probablemente por amebas) y había que tratarla. Así que comencé el tratamiento ya en marzo.
Y después fui al ciber, sorprendí a Pablo que no me esperaba. Y me dieron un carné de cliente frecuente con el que cada 5 horas te dan una gratis. No es mucho descuento, pero algo es.
Aps, os cuento lo de las pilas. Aquí uno no suele lavarse las manos bajo un grifo excepto en los restaurantes y sitios así. Normalmente en las casas hay grifos, pero para llenar una pila de donde toman el agua. Tienen siempre un par de guacales (palanganitas de plástico) al lado y toman agua de la pila y la derraman sobre aquello que quieran lavar. Sean las manos, los platos o la ropa. Hay cierto problema con lo de las pilas porque son criaderos de zancudos, ahí ponen sus larvas estos malditos chupasangres transmisores del dengue.
Cuesta algo el acostumbrarse a usar una pila. Para lavarse las manos es incómodo, porque la mano con la que sujetas el guacal no te la puedes lavar a no ser que cambies el guacal de mano, y nunca puedes frotarte las manos bien mientras intentas echarte agua en ellas. Para lavar la ropa, la verdad es que el primer instinto es meter la ropa en la pila y lavar allí mismo, pero eso es una herejía. Pones la ropa en el “fregadero” extendida, la mojas a base de guacaladas, la enjabonas, las frotas y la enjuagas a base de más guacaladas. Y no entiendo por qué el Word no me corrige ni “guacal” ni “guacalada”, si va a ser que esta gente de aquí sí que habla español.

Martes 24 de febrero. (FELICIDADES NAYRA.) – Miércoles 25 de febrero. (FELICIDADES PATRICIA) – Jueves 26 de febrero.

Felicidades Ñañaaaaa!!!! Ay, que no pude llamarte. Lo hubiese hecho a primera hora de la mañana (después del mediodía allá) si hubiese sabido que estabas en casa, pero como no era seguro y las llamadas son caras... Ya te llamó Pablo por mí.
Pues me levanté con intención de tomar el bus a las 6, y más o menos fue así, esperé a que saliese el sol y salí de casa.
En el bus a Sonsonate no dejan de poner películas de acción con un tipo que no sé cómo se llama, pero a juzgar por la cantidad de películas que he visto de él, debe ser famosete. Es un chino que en la mayoría de sus películas es de la policía secreta de Hong Kong. Suele ser el bueno y está bueno. Prefiero estas películas a las mejicanas, eso sí.
Al llegar al CEDEFAR, me fijé en que había un bus escolar dentro y pensé que serían capacitaciones de Salva Natura, que ocupan nuestros locales. Algo así era, lo que pasa es que iban a estar allí toda la semana, aunque (por suerte) no dormían allí. Eran un montón de chicos, yo creo que de 16 a 25 años o así, la mayoría más pequeños que yo.
El caso es que llegué sin hacerles mucho caso, ya que estaban en medio de una clase y no me parecía oportuno interrumpirles. Pero parece que a ellos les interesaba mucho más la “gringuita” que la madera. Qué suplicio. Durante el resto de la semana tuve que aguantar sus silbiditos, sus grititos de “hey beautiful!”, sus miradas... Y es que eran terribles y yo tenía que pasar por delante de ellos varias veces al día. Obviamente, los ignoraba. En una de estas que pasé ignorándolos, uno de ellos dijo algo así como “es una creída”. Lo que me faltaba. En otra ocasión les grité “no sean groseros, tengan educación” y creo que la siguiente vez directamente les grité “¡Payasos!”.
A todo esto, yo no era la que peor lo pasaba. Había venido otra chica, Marixa, a ayudar en la cocina y a la pobre le daba tantísima vergüenza que cuando tenía que ir a lavar los platos se saltaba el muro por no salir por la puerta y pasar por delante de los chicos.
En otra ocasión, a algún comentario de “qué linda es la gringuita” le dije claramente que yo no era gringa y que hablo español. Pero les dio igual, siguieron diciéndome lo de beautiful.
Creo que ya el jueves Luis los puso más o menos firmes. Les dijo que si acaso eran coyotes, atacando en manada. Que si alguno tenía algo que decirme, que me lo dijese a solas, no berreando escondido en el grupo. Bueno, mano de santo, ya no volvieron a silbarme. Me crucé con uno de ellos y yo (que no sabía nada de lo que Luis les había dicho) le dije “hola”. Y él me respondió con otro “hola”. En ese momento, desde arriba los otros le llamaron cobarde o algo así y él les gritó “qué no? Preguntadle lo que le he dicho!”. Juas, cuando me explicó Luis su charla, lo entendí todo y no pude hacer más que reírme del pobre infeliz que se chuleaba de haberme dicho “hola”.
Cuando se fueron el jueves por la tarde, subiendo en el pickup por el lateral de la finca, yo estaba a la vista y en cuanto me vieron, volvieron a berrear como si estuviesen en un rodeo. No tienen perdón.
Esta semana acabó la Gata Salvaje. El miércoles fue el último capítulo: Aleluya! Jo, no sabía cuán duro podía ser ver el último capítulo de un culebrón sin Pablo al lado. Todos romanticones, no hacían más que darse besos, más besos y hacer el amor apasionadamente. Se acababan casando todos los buenos y los malos salían todos escarmentados. Vamos, un cuento de hadas y yo muriéndome de envidia por no tener a mi niño al lado.
Así que ya soy libre de todo tipo de culebrones, no más estar duchada a las 17.55 porque la gata empieza a las 18, no más estar pendiente de qué pasó en el episodio que me perdí, no más desesperarme porque los protagonistas son estúpidos y no ven lo que tienen delante de las narices. Libre de todo eso y para siempre. De verdad que no veré ni un solo culebrón más. Si algún día me convierto en un ama de casa que necesita la televisión para pasar las horas, prometo sacar de la biblioteca la colección de videos de la National Geografic, incluso prefiero verme Verano azul de nuevo.
Se me ha muerto alguna planta más. Hongo parece ser, ay qué desgracia, pero este invernadero no es el más adecuado para evitar la propagación de los hongos. La noche del jueves hizo mucho viento y me tumbó una fila entera de tomates que ya estaban muy hermosos. Por lo demás, les doblé la dosis de fertilizante para llegar a la normal. Tengo plantas de todos los tamaños, desde 13 a 34 cm de altura. A saber qué carajo les pasa. Muchas de ellas ya han echado flor, lo cual es bastante precipitado y me pilló un poco de improviso porque no sabíamos cómo íbamos a polinizar. La semana siguiente se solucionó con fitohormonas “polinizadoras”, porque organizar una colmena para este invernaderito era un poco complicado.

Martes 17 de febrero – viernes 20 de febrero.

Estos días fueron apacibles y normales. Estaban los estudiantes (los de siempre, no los nuevos) y terminaron sus pantalones (estaban dando clases de confección). Se les veía tan contentos paseando con sus nuevos pantalones (una cuarta más largos de lo que era su talla) y enseñándoselos a todo el mundo.
Yo seguí con mis tomates, que parecieron recuperarse del hongo que los acosaba, aunque perdí una planta (q. e. p. d.). De momento, he llegado a una conclusión: el sistema de riego que utilizamos, es una patata. Descartado como posible salida para el campesino, a no ser que se mejore de algún modo.
Los chicos insistían en que el viernes me quedase por la noche a ver “Anaconda” con ellos. Pero ya les dije que la había medio visto y no me gustó nada. Pero qué pesaditos con que me quedase. Si no me invitaron 25 veces, no lo hicieron ninguna.
Sin embargo, sí me quedé a ver el desfile de Victoria’s Secret. Los chavales babeaban ante tanta mujer exuberante y desfilando sólo en ropa interior. Vale, que son adolescentes, por eso se lo perdono, pero de todas formas en este país no se suelen ver mucho esas cosas, y menos en la zona rural. Una cosa curiosa es que al entrar en el país y rellenar el formulario de aduanas, entre los productos que no se pueden introducir al país están los “artículos obscenos”, supongo que será a juicio del oficial de aduanas el determinar qué es obsceno y qué no lo es...
Una de estas noches, Lucía me enseñó a bordar. Más o menos. El caso es que me está haciendo una colcha y yo me puse a ayudarla para aprender. Parece sencillo. Pero yo soy tan torpe que en un par de ocasiones agarré la tela de abajo con la puntada. Nada que Lucía no pudiese solucionar, pero se vio que soy un poco chapucera.
El jueves amanecí con una diarrea terrible. Cada hora tenía que pasar por el cuarto de baño, se ve que algo me había sentado mal la noche anterior, aunque yo pensé que de una vez por todas los parásitos se habían adueñado de mis intestinos y que la famosa Anaconda se retorcía entre mi duodeno y mi colon. Aún así, me arriesgué a bajar al pueblo por la tarde, aunque como no había comido nada (sólo tomé algo de suero), no había mucho peligro. En el pueblo compré Intestinomicina, un tapaculos de primera clase, que seguro que no es lo más adecuado, pero hace el apaño estupendamente, y con una sola pastilla. También compré Gatorade, porque estoy cansada del suero ese y al fin y al cabo llevan lo mismo. Me tomé uno que se llama “Black Ice”, que dicen que es una edición especial y limitada. Es de color negro, aunque en realidad es morado muy oscuro, como de frutas del bosque. Si doy tantos detalles es porque al día siguiente, cagué verde. Pero verde guacamole, lo juro. Un verde brillante, aguacate. Y si al color le añadimos la consistencia... Guacamole. Os juro que si lo hubiese puesto en un bol y al lado hubiese puesto unos nachos, más de uno hubiese mojado. Yo me asusté, pero me acordé del Gatorade y me tranquilicé bastante.
El viernes me quedé a dormir, en contra de lo que he hecho los otros fines de semana. Pero para qué iba a ir a San Salvador si hasta el sábado no había ningún plan interesante. Así por lo menos cuidaba de mis tomates y no iba con prisas.

Sábado 21 de febrero. Visita al doctor y viaje San Miguel.

Nada más llegar a casa de Alfredo, llamé al seguro para contarles mi problemilla con mis intestinos. Más tarde me llamó la Dra. Cruz que me mandó a la otra punta de la ciudad a una “Gastroclínica” y encima me pedía que estuviese allí cuanto antes. Pues allá fui, en bus, porque el taxi iba a cobrarme lo menos 10$ y cambiando dos veces de bus me salió por 57 centavos.
En un microbús que agarré el conductor me dijo que me pusiese a su lado para que se acordase de recordarme dónde me tenía que bajar. El chico era muy simpático y cuando le dije que era española, me dijo algo que ya había oído en más de una ocasión: “¡Ah! Mi segunda patria” y yo le pregunté: “Por el Real Madrid o por el Barcelona?” Y señalándome todas las pegatinas del microbús me dijo: “Por el Madrid, claro”. Luego me sacó recortes de periódico en los que parecía el Bernabeu, la colección de trofeos... Y me aclaró que no podía morirse sin ver jugar al Madrid en el Bernabeu. La verdad es que si viniesen a jugar al país, la gente pagaría LO QUE FUESE. Deberían pensárselo.
El doctor me atendió muy bien, me tomó la tensión, el pulso, me miró la respiración, me hizo sacar la lengua... Esas cosas que parece que los doctores sólo hacen para que veas que hacen algo. Por fin, me auscultó la tripa y me vaticinó más “caca líquida” a juzgar por los ruidos. Yo le dije que me había tomado una pastilla y se rió por lo de que funcionase aquello. Me recetó un par de cosas más y me mandó hacer un análisis de heces.
Fui al sitio donde se hacían los análisis y si no hubiese sido por el “tapaculos” que tomé, hubiese podido dar allí mismo la muestra, pero no hubo forma por mucho que apretase. Así que habría que volver el lunes con la cajita llena.
El plan para el fin de semana era: ir a San Miguel, dormir en algún lado y el domingo por la mañana salir temprano para escalar el volcán de San Miguel, o Chaparrastique. Pero el caso es que Carlos es el de San Miguel y el que nos iba a llevar, y tenía una reunión por la tarde y no podía ir. Así que yo no sabía qué carajo iba a pasar al fin. Si íbamos o no. Llamé a Cecile y ella tampoco sabía mucho. Por fin llamó Mario y me dijo que dentro de una hora, en la universidad de Adonay, que de allí partiríamos. Así que preparé la mochila y salí para allá corriendo.
Llegué a la hora y fui la primera, por allí estaba Adonay con un amigo y nos sentamos a esperar a los otros. Llegaron: Marta, Mario, Cecile, Marie (otra francesa que acaba de llegar a FUCRIDES aunque se va ya a Honduras), Maureen, Vicente y Priscilla (otros dos becarios de la misma beca que yo).
Nos metimos en el remolque del picachús, yo sentada en la rueda de repuesto y con pantalones blancos, estupendo, ya llevaba el culo negro, pero no era nada comparando con cómo iban a quedar los benditos pantalones.
El viaje duró tres horas. Para alojarnos, habíamos decidido llamar a Heráclito y Claudia, los dos colombianos compañeros de beca, que viven en San Miguel. Al llegar, llamamos al teléfono de contacto que teníamos y la señora nos dijo que iría a buscar a estos dos y llevarlos al parque donde estábamos. Llegó la señora en coche sin ellos y dijo que iría a buscarlos al ciber, que probablemente estarían allá. Volvió sin ellos porque no estaban y directamente nos ofreció su casa para dormir. Qué cielo de señora, se llamaba Lucy. Nosotros le dijimos que no podíamos aceptar eso y logramos convencerla de que nos llevase hasta la casa de la pareja y allí veríamos cómo lo solucionábamos.
Al final nos distribuímos en las dos casas, yo fui con Cecile, Marie, Priscilla y Maureen a casa de Lucy, que resultó tener una casa enorme y con espacio para todos, como ella decía. Más tarde averiguamos que había sido enfermera en la guerra y luego se había ido a EEUU a seguir estudios de taxidermia. Claro, debe ser de las pocas que existen en el país y aunque trabaja 24 horas al día y 7 días a la semana (los muertos son muy desconsiderados, se mueren sin pensar en los demás) se ve que da sus frutos y cobra muy bien. ¿Qué si da yuyu dormir en la casa de una taxidermista? Pues no tenía ningún animal disecado a la vista, y mucho menos ninguna persona, así que entre lo cansadas que estábamos y que nos teníamos que levantar a las 5 am... Dormimos como unos angelitos.
Antes de cenar pasamos por el súper, para comprar la comida del día siguiente. Muchas galletas, pan bimbo, latas de atún, jamón de york (o lo más parecido a eso que hay aquí), tomate, pepino, muuucha agua y alguna otra coseja. Yo me hice con más galletas para mi desayuno, no pensaba comer en un comedor por ahí con el estómago como lo tenía, seguro que me daban frijoles y eso es lo último que necesitaba.
Cenamos en una pupusería muy a pesar de mi estómago, que no debía tomar cosas grasientas ni difíciles de digerir, pero a esas horas era lo único abierto. A todo esto, yo me había enfadado mucho con Adonay por llamarme “bicha con pisto” de nuevo. Le retiré la palabra y todavía sigo sin hablarle más de lo necesario, por pura fórmula de cortesía. Me jode mucho. Será cierto que tengo más dinero que él, vengo de otro país más desarrollado, en parte eso es inevitable. Pero el tono con el que me dijo lo de “bicha con pisto” porque quería ir al Burguer King a por una ensalada que no le hiciese daño a mi estómago... Ya ves tú: 2$ costaba el menú de oferta, y él se gastó 2.1$ (0.7x3) tan sólo con las cervezas de la cena. Pues que le jodan, y más si ni siquiera ha intentado disculparse.

Lunes 16 de febrero. Felicidades Rodrigo. Día de los temblores.

Qué mala suerte tengo. Resulta que a media noche hubo un temblor de 4.0 con epicentro en San Salvador y yo no lo noté. Supongo que porque llevaba tapones en los oídos. Me han dicho que lo que más se nota de los temblores no es la vibración sino el ruido de las paredes y ventanas crujiendo y las cosas tintineando. Que cuando estás en la oficina o algo así, sí que se nota, porque la pantalla o el bote de los bolígrafos se mueven. Pero yo llevo tapones en los oídos por la noche para que el ruido del tráfico no me despierte cada 2x3. Así que no sentí el temblor del que todo el mundo hablaba al día siguiente. Hubo gente que hasta salió a la calle en pijama por temor a que fuese un terremoto.
El caso es que debí medio despertarme, pero no estaba consciente, porque tengo la sensación de que soñé con un temblor, que lo notaba. Pero como es sólo la sensación de un sueño, no cuenta.
Y después en la oficina, Ana la secretaria intentó avisarme de otro, pero ella estaba al teléfono y yo hablaba con un vendedor de cosas artesanales de mimbre. Así que completamente despierta y también me lo perdí. Si seguro que cuando haya un terremoto no me entero hasta que no me caiga una teja en la cabeza. El caso es que empezaba a haber cierto nerviosismo general por la frecuencia de los temblores. Yo me alegré de irme ese día para Cara Sucia.
No vuelvo a esperar a Luis en la oficina. No pienso irme cuando él acabe sus papeleos, porque son unos desconsiderados y siempre lo atienden el último, cuando somos los primeros que nos tenemos que ir. De nuevo, llegamos tarde al bus. El especial nos puso una película mejicana del año de las botas de Maricastaña y justo cuando llegamos a Sonsonate se largaba nuestro bus. No llegamos al desvío a tiempo, claro, pero tuvimos suerte y nos “dieron ride”, así que subimos menos apretujados y encima de gratis.