La foto prometida
Calle principal de Cara Sucia. Y tendríais que ver el GRAN letrero que tiene el local, pero a ese no le tomé foto, me pillaba a trasmano.
Calle principal de Cara Sucia. Y tendríais que ver el GRAN letrero que tiene el local, pero a ese no le tomé foto, me pillaba a trasmano.
Miércoles 31 de marzo. Curvas... Más curvas... Alguna curva más y por fin, Panajachel (más conocida por Gringotenango).
Jueves 1 de abril. Mercado de artesanías en Antigua y viaje hasta Chiquimula (con parada en Guatemala City) por la maldita carretera al Atlántico.
Viernes 2 de abril. Las ruinas de Copán, templos mayas.
Sábado 3 de abril. Viaje de vuelta, 3 países en un solo día.
Domingo 4 de abril. Despedidas y depresiones.
MENTIRA. Sólo está una parte de ese día y ya me he cansado de escribir. Se siente. Ahora recuperaré alguno de los últimos días, pero no creo que saque fuerzas para escribir todo aquello. Y eso que merece la pena porque pasaron muchas cosas. Pero soy irremediablemente vaga y mucho tiempo había estado yo escribiendo con regularidad... Me extrañaba.
Martes 30 de marzo. Antigua y hotel Casa Santo Domingo, un lujo de 5 estrellas.
Por la mañana fue la hora de tomar todas las fotografías. Además, tuvimos suerte y Luis encontró entre las sandías, una iguana bastante grande, con lo que tuvimos una anécdota fotográfica.
La llevó a nuestro dormitorio (ya es costumbre que todos los bichos raros se lleven a mi dormitorio para que yo los fotografíe) y la pobre estaba tan asustada que aunque la dejamos en el suelo con total libertad, no movía ni un músculo. La duda estaba entre si la comeríamos o la dejaríamos libre. Como siempre, les comí la cabeza para que la dejasen libre, lo que ya hice con el tacuacín la otra vez, total, para que amaneciese muerto al día siguiente.
Cuando por fin reaccionó y se puso a correr, lo hizo hacia la puerta del dormitorio. Mierda, estaba abierta. Y por supuesto, allí se coló, se refugió debajo de un lavabo del baño, pero cuando me acerqué yo, viendo que aquello no era un sitio muy seguro, salió por patas de nuevo. Con tan mala suerte que no halló otro camino de escape que... las letrinas. Allí desapareció la pobre iguana embarazada. Y supimos más de ella. Pensamos que moriría ahogada, y no en la más dulce de las muertes precisamente... Puaj.
Para tranquilizar al personal, cuando volví al CEDEFAR, me dijeron que había logrado salir (supongo que por donde entró) pero que no era seguro que siguiese con vida pues los estudiantes tenían ganas de comer iguana y puede que la hubiesen vuelto a cazar y la hubiesen llevado a su casa. Pero vamos, yo una iguana à la letrine no me la comería por gusto. Claro, que estos chicos, por necesidad... pues a saber.
Salimos rumbo a Guatemala, primer paso: cruzar la frontera. Llegamos casi sin darnos cuenta, no es que esté muy señalizado, la verdad, pero casi parecía más que nos hubiésemos metido en un pueblo que en una aduana.
Al llegar con el coche al edificio donde teníamos que hacer los papeleos, nos asaltaron un montón de muchachos que se ofrecían a rellenarnos los papeles (seguro que por un módico precio, claro) o nos vendían quetzales. Los papeles no parecían tan complicados, así que nos dispusimos a rellenarlos por nuestra cuenta.
Llegamos a una fila de salida de El Salvador, larguísima, así que me aventuré por delante para ver si por un casual... Bingo, una fila 3 veces más corta con el mismo letrero. El de entrada en Guatemala no tenía cola, pero es que cada persona que hacía los papeles de El Salvador, pasaba por allí sólo a que te pusieran un sello. Sienta bien eso de saber que no has tenido que sentirte ultra-estúpido al doblar la esquina haciendo una cola larguísima y descubrir que hay otra enana al lado. Si alguien ha leído La ley de Murphy y las teorías acerca de las colas, verá que en esta ocasión no cumplimos ni la ley ni ninguno de sus corolarios (que en ese tema tenía unos cuantos).
Lo del papeleo del coche fue lo más raro del mundo. Nos dieron dos papelitos, numerados, que rellenamos, pero que no entregamos a nadie. Tanto nos extrañó, que dimos media vuelta buscando a alguien a quien entregárselo, no fuese a ser que estuviésemos metiendo el coche ilegalmente en Guate. Pero nada, no había que entregarlos a nadie. Ni siquiera lo hicimos a la vuelta y acabamos con los papelitos del principio, rellenados, pero sin ninguna clase de sello de ninguna autoridad.
La mañana siguiente, amaneció fresca. Era muy agradable estar en las hamacas del hostal, pero había que ponerse en movimiento. Preguntamos cómo llegar a la laguna verde, que se supone que quedaba cerca de por allí. Como siempre, era todo recto, pero nos volvimos a perder y tuvimos que dar media vuelta en una ocasión. Pero es que no está nada bien señalizado todo aquello.
Está claro que lo de promover el turismo no es un tema prioritario en la agenda del gobierno. Si no estaba señalizada la ruta a la famosa laguna, ya ni te cuento el estado del camino que llevaba hasta allí. Hubo que hacer uso de la tracción a las cuatro ruedas y todo. Y una polvareda que levantábamos por el camino...
La laguna verde no estaba tan verde como en la época de lluvias, así que perdía bastante. Pero aún así, el paseo rodeándola fue agradable, a pesar de los temores de un asalto por aquel sitio tan solitario. No había nadie y parecía que entre toda esa maleza podía salir alguien que, a punta de machete, nos desvalijase.
Al llegar al punto de partida había unos niños a los que habían encargado lavar los trastos en la laguna y, aprovechando, se dieron un buen chapuzón ellos mismos. La temperatura no era excesivamente alta, pero si hubiese habido un par de grados más y algo más de sol, me hubiese metido al agua sin dudarlo. ¡Pero amenazaba lluvia! Si lo digo sorprendida es porque todavía estamos en la época seca y se supone que no llueve nunca, pero se ve que lo del cambio climático hace mucho.
Y efectivamente, nos llovió. Y a lo bestia. Fue en el camino hacia Cara Sucia, primero bajando de la montaña donde estaba Apaneca y más tarde a la hora de comer. Cómo llovía. Y las escenas de escolares con sus uniformes completamente empapados y corriendo bajo la lluvia se repetían por todo el camino. Por el borde de la carretera bajaban grandes trombas de agua y en algunos puntos, auténticos torrentes desembocaban como una cascada sobre la carretera. Qué bueno que estábamos en el coche.
Al bajar ya casi a nivel del mar, en la carretera que va hacia Cara Sucia y La Frontera (con Guate), pareció que dejamos la lluvia atrás. Al llegar a Metalío (Metalillo?) paramos en un comedor para almorzar.
Tuve una bronca con Pablo por la comida, por no querer tomar para beber un Gatorade, ya que el suero le da arcadas y no pensaba tomarlo. Y le dije que hiciese lo que le diese la gana, pero entonces me preguntó qué podía tomar para comer. Mira, Pablo, aclárate, o quieres que te aconseje, o no, pero darte consejos para que luego tú hagas lo que quieras... Pues me desmoraliza mucho.
Mientras comíamos, nos alcanzó de nuevo la tormenta. Hasta nos estábamos mojando debajo del techo. Y eso que era de chapa, no de paja. Decidimos esperar a que amainase y entonces retomar el camino, rumbo a Cara Sucia donde podríamos encontrar unos baños decentes (en el comedor este, era al aire libre).
A Cara Sucia ya no llegó la lluvia, hacía el mismo puñetero calor de siempre. Así que la idea de meternos al Chicken Bell, con sus baños decentes y su potente aire acondicionado, fue muy bien recibida por todos. Pero antes de eso, pasamos por el súper a comprar Gatorade (Pablo al fin cedió) y agua. De camino al Chicken Bell, encontramos un puestecillo (la calle principal de Cara Sucia está atestada de comercios) en el que vendían corvos (machetes) con sus fundas de cuero y todo. Papá se compró uno así de largo (imagíneme poniendo las manos separadas como un metro) con su funda (vaina) negra grabada y sus flecos y todo. Era del tipo puntudo, con la cabeza delgada.
Mientras mis progenitores esperaban pacientemente (el aire acondicionado no les permitía salir del local), Pablo y yo pasamos por mi ciber, para que viese dónde me conecto para chatear con él, quién es el dueño y que quedase claro que no ligo con él.
Hora de que conociesen el CEDEFAR. Pero al ir a arrancar el coche, mi despistado padre se dio cuenta de que se había dejado las luces puestas y... nos habíamos quedado sin batería. Salieron los hombres en busca de alguien que tuviese unos cables. En realidad, había un taller al otro lado de la calle, pero no nos dimos cuenta. Un hombre agradable llevó su trasto (no puedo llamarlo automóvil) hasta el súper, donde estábamos aparcados (parqueados), y nos arrancó el coche.
Llegamos al CEDEFAR bastante acalorados. Creo que todavía no había llegado todo el mundo, aunque llegaron a lo largo de la tarde. Les enseñé todas las instalaciones, mis tomates, a los estudiantes (pocos, muy pocos) que andaban por allí... Ya pueden imaginarme haciendo tortillas o cambiándole el agua a los pollos. Tuvieron frijoles de desayuno (no sé si de cena también), aunque los dejaron en el plato. Usaron las mismas letrinas que yo... Ya saben dónde y cómo vivo, por dónde me muevo, con quién comparto mi día a día... Me tienen más controlada que nunca.
Creo que mi madre tardó minuto y medio en comenzar a hablar de política con todo el mundo allá. Antes, prudentemente (y sorprendentemente) me había preguntado que de qué partido era la gente allí. Allí son todos rojos, mamá. Y ella encantada, a despotricar del gobierno y así hacer muchos amigos. He de decir, que todo el mundo que la conoció, salió encantadísimo. Mamá, por aquí dicen que molas mucho. Pero eso ya lo sabía yo, aunque no me gusta nada que seas tan agresiva con cosas de política, y menos en un país como éste en el que te pueden salir con el corvo si se les cruzan un poco los cables.
También estuvo Cecile, que llegó a pasar allí la semana con los estudiantes. La pobre se aburre mucho en la oficina y el poco trabajo de campo que tiene que hacer no le motiva nada de nada, y deja al pobre Colocho solo en las reuniones de Chalatenango.
Después de otro desayuno de órdago, nos dispusimos a perdernos de nuevo en la ciudad, rumbo a La Libertad. Esta vez, sabíamos que el día anterior habíamos pasado por el desvío hacia allá, así que de alguna forma teníamos que repetir alguna de las vueltas que habíamos dado ayer. Pero a saber cual.
Por el camino, según llegábamos a la playa, yo me encapriché como una niña pequeña con unos grandes flotadores que vendían por la carretera. Y Pablo, que me mima demasiado, me compró uno: grande y color rosa chicle eléctrico. Bueno, en realidad luego lo usamos los dos por igual y le sacamos mucho partido, pero el capricho era mío :P
Creo que al final no tuvimos mayor problema. Llegamos al mismo restaurante-mirador del fin de semana anterior (con Marcelo y Cecile) donde tomamos un agua de coco y una limonada que no era tal. Yo creo que nos dieron un fresco de tamarindo en lugar de limonada, pensando que como éramos gringos no nos enteraríamos.
Llegamos a La Casa de Frida sin mucha complicación y allí se les iluminó la cara a todos. En el fondo, sé que estaban preguntándose a qué antro iba a llevarlos a continuación y fue una grata sorpresa el hallar un paraíso tropical como aquel, sobre todo después de esperar lo peor.
Mis padres se presentaron al dueño y al ayudante, los dos Manel, y empezaron a charlar con ellos. Yo, por mi parte, tenía unas ganas horrorosas de estrenar mi nuevo donut gigante en las olas del pacífico. Así que como ya llevábamos el bañador puesto, nos fuimos a disfrutar del mar. No sin antes untar profundamente a Pablo con crema solar factor 8.
No sé si estuvimos cosa de dos horas metidos, esperando la ola perfecta para que nos remolcase hasta cerca de la orilla montados en nuestro donut. Lo pasamos muy bien, cada vez que vaya a esa playa (tengo planeado ir más a menudo) me acordaré de esos ratos jugando en el agua como niños pequeños.
Claro, cuando salimos, ya había pasado la hora de comer hacía rato, pero mis padres estaban demasiado ocupados charlando como para darse cuenta ellos mismos. Así que tocaba comer. Creo que yo me metí al cuerpo una brocheta de camarones, pero ya no estoy segura de si eso fue en la cena.
Tampoco recuerdo en qué momento mis padres conocieron a Lois. Lois es una americana que está viajando por Centro América, haciendo fotos y buscando inspiración. Creo que también escribe. Vende las fotos y todo. Era una mujer extraña, al menos así me lo pareció. Muy segura de lo que piensa y de lo que hace, pero no sé, extraña. Primeramente, su aspecto. Tenía una especie de cicatriz en la cara que le daba un aire un tanto raro. Pero sobre todo, me extrañaba su forma de hablar. Hombre, ella no domina mucho el español, pero aún así, hablando inglés o italiano (había vivido en Italia y con Pablo hicieron un mano a mano) me producía la misma sensación. Mis padres seguro que discrepan, se hicieron íntimos en ese día en la playa. Pues que añadan algún comentario al log. Y lo mismo le digo a Pablo cuando no esté de acuerdo con lo que pongo.
Después de comer, nos echamos una siesta en las hamacas, Pablo y yo compartiendo una misma hamaca. Que sepáis que eso requiere bastante habilidad, fue todo un logro. Pero allí estábamos tan a gustito. Por cierto, Pablo estaba quemado. Quemadísimo. Claro, una protección 8 para su piel, no era nada. Yo, por una parte soy un poco más morena por naturaleza y por otra, leches, ya estoy requemada de tanto tiempo que llevo aquí. Aunque aún así, me quemé un poco al día siguiente, pero fue por no ponerme protección más que en la cara, los hombros se me churruscaron un pelín, lo suficiente como para sentir molesto el sujetador.
Ya ni recuerdo qué hicimos en la tarde. No sé cómo lo hicimos, pero en todo el tiempo que estuvimos allí, no disfrutamos de la marea baja y no pudimos pasear por toda la playa, que tiene calas preciosas. De todas formas, Pablo adquirió heliofobia y no quería saber de nada que tuviese que ver con ponerse bajo el sol.
Recuerdo que por la noche, no había agua. Más que nada, me quedé sin agua a mitad de ducha, con el pelo completamente enjabonado. Cuando ya habíamos logrado solucionarlo a base de agua de botella, empezó a salir un gran (y muy sucio) chorro de agua en la ducha (la habíamos dejado encendida) que al cabo de poco se convirtió en un potente chorro de agua limpia. Nunca había recibido el agua con tanta alegría.
Cenamos con Lois, cosa así de a las once de la noche. Tardísimo, vamos, al menos para este país, pero la cocina seguía abierta. Se ve que tenían cierto horario europeo para que los clientes habituales (extranjeros) nos sintiésemos más como en casa.
de Santa Ana, no le apetecía a nadie. El día anterior se había estado discutiendo el si era mejor quedarnos directamente una noche más en El Zonte y no pegarnos la paliza de subir al volcán. Pero parece ser que el amanecer de un nuevo día, nos dejó la impresión general de que iba a ser un día aburrido si no salíamos de allí. Así que la decisión fue salir hacia las 11 hacia el Cerro Verde, pero sin escalar el volcán, sino pasear por el parque nacional.
Yo logré despegarme de las sábanas, pero no así Pablo, que no sé si tenía mucho sueño o le dolía la cabeza (ya no recuerdo). Eran ya las 9 am y quería aprovechar un poco el día, así que me fui por mi cuenta a desayunar. Tomé el desayuno típico en la champa de al lado, lo mismo, pero por la mitad de precio que te ofrecían en La Casa de Frida. Y con leche de vaca, no de bote. Mientras desayunaba, apareció Pablo por allí y se unió a mí. Como yo ni había pasado a saludar a mis padres, tuvo que buscarme un poco.
Después del desayuno, fuimos a pasear por la playa. La maldita marea no había bajado y no pudimos avanzar mucho. Así que nos les pude enseñar la cueva de los enamorados. Pero en la otra dirección pudimos ver a unos cuantos surfistas en acción. No desperdiciaban sus energías con olitas ridículas, sólo se montaban en la ola si de verdad merecía la pena. Y había olas de muy buen tamaño, a saber de qué tamaño era la ola que de verdad esperaban.
Sabiendo que no habría agua para después aclararme, me metí a darme un último chapuzón en el mar. Pablo se quedó en la orilla mirando (y haciendo fotos, el muy asqueroso, que el bikini no disimula mis 135 libras) y siempre con la camiseta puesta. Pobrecito mi niño, lo achicharré por no ponerle crema más a menudo.
Cuando llegó la hora de irnos... Oh, sorpresa, el coche no arranca. La liamos. Llamadas a los del alquiler de coches, pero no respondían en ninguno de los (4) teléfonos, ni el móvil siquiera. Intentamos investigar si era algún mecanismo de seguridad, pero nada. No sé cuánto tiempo perdimos con eso, hasta que mi padre lo arrancó de casualidad. Parece ser que había que empujar el embrague (el closh, para esta especie de pseudogringos que son los salvadoreños) hasta el fondo para que arrancase. El caso es que se nos hizo bastante tarde.
Al llegar a Sonsonate, localizamos el Pollo Campero y fuimos a comer allí. Tenían que probarlo, está muy rico. Y les gustó mucho, la verdad. Pedimos cosas diferentes y variedad de salsitas. No les hubiese importado repetir sitio a lo largo del viaje. Sólo que ya no hubo oportunidad.
Seguimos hacia el Cerro Verde. Ya llegando se veía que los volcanes estaban cubiertos de niebla. No íbamos a poder ver mucho. Llegamos bastante tarde, eran las 16.30 cuando el guarda de la puerta nos dejó pasar aún cuando cerraban (la entrada) a las 16.00 y como la salida era a las 17.30, nos cobró la mitad por pasar, ya que no íbamos a disfrutar de casi nada. Qué lindo. Así es la gente en este país :)
Con el tiempo disponible, sólo había un sendero para recorrer, el del Hotel de la Montaña. La guía que nos acompañó era la misma que me había llevado con Alfredo y Ceci por todo el parque. Se sabía todo el rollo de memoria, pero había que sacarle algunas cosas.
La niebla estaba invadiendo todo y aquello parecía una selva tropical nebulosa. La poca luz que se colaba entre los árboles daba una sensación casi mística al lugar. Incluso los sonidos eran diferentes. Nuestras pisadas, el canto de algunos pájaros... Sonaban como si estuviésemos metidos en una caja y no llegasen más allá de 5 metros desde donde se producía el sonido.
Vimos los restos del hotel, del que lo único rescatable ahora mismo son las plantas del jardín, con las que nos hicimos varias fotos. Intentamos asomarnos al mirador sobre el volcán Izalco, pero la niebla no nos dejaba ver mucho más allá de la baranda. Una pena, tendrán que conocer el Izalco sólo por mis fotos, con lo bonito que es.
Y allí sí que hacía frío y además teníamos que encontrar un lugar para dormir en Apaneca, que estaba más lejos, así que decidimos irnos.
La teoría de cómo llegar a Apaneca no la tenía yo muy clara. El mapa decía que había que pasar de nuevo por Sonsonate, así que allá fuimos y si nos metimos por un lado de la ciudad, Apaneca estaba precisamente hacia el otro. Pero a base de preguntar y preguntar, y después de unas cuantas veces de indicaciones estilo todo recto, localizamos la carretera que a mí ya me sonaba más.
Ya era de noche, aunque yo había llamado antes para reservar habitación en un hostal rural, intenté seguir las indicaciones que me había dado un compañero para llegar a uno en el que habían estado y les había gustado. Pena que ni el nombre recordaban. Al final, después de un par de vueltas, acabamos en el que yo había llamado, y dedujimos que por lo agradable que era, tenía que ser el sitio del que tenía indicaciones yo.
Paredes pintadas de colores brillantes, piezas de pueblo que decimos en mi casa adornando los pasillos (yuntas de bueyes, molinos de maíz...), agua caliente (en Apaneca también hacía fresco y lo del agua caliente se agradecía)... La verdad, muy bonito.
Pablo seguía mal del estómago así que tomamos sólo unos plátanos para la cena, mientras que mis padres se fueron a un restaurante en el que servían comidas típicas.
Esto lo escribo a 13 de abril. Soy un desastre. Últimamente sólo quiero vaguear, vaguear y vaguear. Pero veamos de qué soy capaz de acordarme.
Para empezar bien el día, nada mejor que un buen desayuno en un comedor. Justo al lado del hotel había uno del que nos hicimos clientes habituales. Huevos revueltos o estrellados, frijoles, ejotes salteados, queso o cuajada, plátano frito, salchichas... Nos metimos un buen desayuno al cuerpo. Yo pensaba que Pablo no desayunaba, pero resulta que si no lo hace es porque en su casa no hay de esas cosas para desayunar. Nada, sólo tiene que adoptar la costumbre de guardar lentejas de la comida para el día siguiente poder desayunarlas.
Esa mañana tocaba conocer el centro. Para empezar, fuimos al mercado de artesanías. Eran las 8 de la mañana así que no había casi gente. Una pena, pues con todo el mogollón es mucho más divertido, con las vendedoras tirando de la manga a los hombres (que son los que llevan el $$$). Pero aún así pudieron imaginarse cómo sería aquello en hora punta.
Mi madre compró un par de vestiditos típicos y no recuerdo qué más. La idea era que uno de los últimos días pasaríamos por un pueblecito en el que se dedicaban a hacer muchas artesanías y allí podrían llevarse algo típico de El Salvador.
De allí fuimos a tomar un bus, para que conociesen la emoción de viajar en una ruta. Creo que agarramos la 34, hasta cerca del parque Bolívar. Pablo pudo comprobar que la estatura media de los salvadoreños es bastante inferior a la suya, el pobre casi no cabía en el asiento. La verdad es que los juntan para poder meter más asientos y en ocasiones se pasan un poco, los peores asientos son los que van sobre una rueda, vas con las rodillas en la barbilla.
Al parque Bolívar fuimos sólo a sacar dinero, encontrar cajeros que den dinero con una VISA internacional es un poco difícil en el centro. A mí no me dejaba sacar dinero por haber pasado el límite ese mes. Tenía un montón de quetzales (para cuando fuésemos a Guatemala), pero casi no me quedaban dólares.
Del parque, volvimos andando por una de las calles comerciales. Es un gusto pasear por allí cuando casi no hay gente, la verdad. Fuimos viendo los puestecillos y Pablo tuvo la primera ocasión de probar sus habilidades de regateo al comprar un DVD de La Pasión de Cristo. En la primera tienda no se lo bajaron de 5$ y se marchó sin decir más. Decidido a que le rebajasen algo, volvió a intentarlo y al fin logró que en otra tienda se lo dejasen en 4$. Un experto en el regateo y yo no lo sabía.
Mis padres pudieron apreciar lo limpias que están las calles en este país. Al menos vieron que sí que había una especie de servicio de limpieza que se ocupaba de retirar la mierda más visible. Pero total... para lo que dura limpio...
Nos metimos por uno de los pasillos en los que venden ropa y nos propusimos encontrar una guayabera para mi padre. Al final, después de varias vueltas, encontramos los Almacenes Norma donde encontró algo parecido a lo que buscaba. De vuelta, paramos a tomarnos unos licuados en un puestecillo callejero. Sí, exactamente eso que te aconsejan no hacer en todas las guías turísticas de la región.
Creo que lo siguiente que hicimos fue pasar a ver la Catedral. Justo al llegar, resultó que Antonio Elías Saca, más conocido como Tony Saca (Tony Casaca=mentira para los del Frente), salía de la Catedral. A saber por qué estaba allí o si es que va todos los días. Pero las calles estaban tapadas por la policía y el tipo dando declaraciones a la prensa en las escalinatas de la Catedral. Que no se quejen mis padres, que hasta los llevo a ver al presi en vivo.
Entramos por la otra puerta y disfrutamos del fresquito que hacía allí. La verdad es que el sol ya se había elevado y hacía su calorcito, mi madre ya se encontraba cansada y Pablo estaba un poco afectado por el jet-lag, así que volvimos al hotel.
Papá y yo fuimos a encargarnos de hacer unas compras para la comida. En el súper conseguimos las bebidas, el hielo y alguna fruta y en el comedor de por la mañana nos pusieron bandejas de porexpan para llevarnos la comida: pollo, arroz y ensalada.
Ahora tocaba subir al Boquerón. Primero, encontrar cómo llegar. Mira que yo ya había estado dos veces allí, pero como siempre me han llevado, nunca me fijo en el camino. Dimos vueltas, muchas vueltas. Bueno, vueltas exactamente no, porque en este país las indicaciones que te dan son tres cuadras y a la derecha, TODO RECTO, o sencillamente TODO RECTO. Y todo recto, todo recto, llegábamos a sitios en los que nos decían no, mire, aquí da la vuelta y toma usted aquella calle y no la suelta, resumiendo: TODO RECTO.
Pero logramos llegar. Menos mal que había alquilado un 4x4, porque la calle que llevaba al volcán no era de lo más bonito del lugar. Jias, me gustó cómo se asustaron al ver el estado del pavimento. Yo, claro, ya estoy más que acostumbrada a esas cosas. Que conste que yo avisé antes.
Lo mejor de allí arriba no fueron las vistas, fue el fresquito que hacía. Qué gusto, salir de la agobiante ciudad para ir a parar a lo alto de un volcán con unos 7 grados menos de temperatura.
Nada más bajar del coche, se nos abalanzaron unas niñas que se ofrecieron a cuidarnos el coche mientras dábamos nuestro paseo. También se acercó un chavalín con un plato de frambuesas que tenían un aspecto delicioso, se las compramos.
Subimos la comida hasta arriba, ya hacía hambre, la verdad. Comimos debajo de unos arbolitos, en unas mesas hechas con troncos de árbol, no sin antes asomarnos al borde del volcán para ver el cráter. Y mi madre tiene vértigo.
Mientras comíamos, se nos acercaron una niña y su hermanito. Querían vendernos frambuesas también. Pero ya teníamos muchas. La niña no desesperó y se mantuvo firme en su intención de vendernos las frambuesas. Estuvo allí todo el rato en el que comimos, sujetando el plato de frambuesas en lo alto, como si fuese un maniquí en el escaparate. Le habíamos enseñado nuestras frambuesas y que ya no queríamos más. Pero le daba igual: pueden hacer jalea con las que les sobren. Sí, para hacer jalea estábamos nosotros.
Luego fuimos a ver San Salvador desde arriba. Uno de los que cuida el parque se ofreció a acompañarnos, machete en mano. Comentó que una vez se había quedado atrapado en el volcán con un gringo, y al momento ya supe quién era. Qué casualidad, la primera vez que fui allá fue cuando le pasó eso.
Camino de vuelta, más baches y más baches. Paramos en un gran centro comercial de camino, para tomar un café. Es una gran diferencia, los niños allá arriba vendiendo frambuesas para sacar dinero y allá abajo gastándolo desmesuradamente.
Después de dar muchas vueltas más, pasamos por la oficina de FUCRIDES. Ya era tarde y no quedaba casi nadie, pero pudieron conocer a Araceli, Cecile, Anita, a la señora Érika de Orellana... De los ingenieros no quedaba ninguno.
A las 20.00 habíamos quedado en el pupusódromo de los Planes de Renderos para comer con Alfredo y su familia. Pero antes de eso, había que ver la Puerta del Diablo y el mirador de noche.
Yo no sé cómo no nos perdimos más veces. Yo daba las direcciones según me sonaba. Tenía una sensación de hacia qué punto cardinal había que dirigirse, pero no por qué calles. Pero allá llegamos.
Mi madre, con su vértigo, decidió acertadamente quedarse abajo y no subir hasta arriba de la peña. Mi padre la acompañó y sólo fueron hasta una cueva donde se supone que se había realizado el pacto con el Diablo del que hablaba la leyenda del lugar.
Pablo y yo subimos hasta arriba, donde soplaba un airecito fresco que daba la vida. El camino era un pelín incómodo, pero mi madre me había dejado sus deportivas, menos mal. Intenté explicarle qué eran todas las cosas que se veían, pero entre que estaba nublado y yo estaba un poco desorientada, no sé si le cambié de sitio los volcanes. Sé que pude señalarle el Chaparrastique, el que subí hace ya algún tiempo. Y el Pacífico, pero como el cielo estaba azul y el mar también, no sé si me creyó que aquella línea del horizonte era el océano.
Al bajar, mis padres estaban charlando con un tipo lleno de tatuajes. Llegamos y mi padre dijo algo como bueno, ya nos tenemos que ir. Y yo, en mi inocencia, le dije no, si nos podemos quedar más tiempo, no hay prisa. Pablo me hizo caer del guindo diciéndome que tal vez mi padre quería deshacerse del tipo ese. Glups, sí que soy torpe. Pero nos fuimos sin problemas.
Encontrar el mirador... Otra odisea. Bajamos y bajamos hasta que yo me dije: por aquí ya no es, es más arriba. Y más arriba era, pero no por el mismo camino, sino por un desvío.
Pero lo encontramos. Y todavía no era la hora buena, no había anochecido. Descubrimos una pequeña sala de exposiciones justo abajo del mirador y pasamos a ver. Había de todo. Cosas que hacían daño a los ojos y cosas muy lindas y/o curiosas. Mis padres compraron una máscara de barro que nos dio el viaje (siempre hay que tener cuidado con la maleta que lleva la máscara) y Pablo unos juguetitos hechos con no sé qué semillas.
Rumbo al pupusódromo, aunque nos sobraba tiempo a mares. Tanto, que decidimos quedarnos en el coche a dormitar un rato y escuchar la radio. Ese coche se convirtió en nuestro segundo hogar, madre mía la de horas que pasamos allá dentro en el transcurso de los 10 días. Yo más que un segundo hogar, lo considero una segunda cama. Era entrar en él y me daba un sueñecito... A los 5 minutos recostaba mi cabeza en el regazo de Pablo para poder dormir. Cuando no tenía que dar indicaciones, claro. Que hasta en Guatemala (de la que yo no conozco nada) era yo la copiloto oficial.
Llegaron Alfredo, Alicia, Gloria, Alexander y el Colocho. Érika no pudo venir por el trabajo. Nos decidimos por una pupusería y a cenar.
Pablo NO me dijo que eligiese yo las pupusas por él, pero yo lo hice. Si en el desayuno me había pedido que le dijese qué tomar, a la hora de hablar de pupusas de las que no tenía ni idea de cómo eran, estaba claro que yo se las eligiría. Pero se picó un poco. Seguro que si no llego a decir nada, me pide que se las elija. La verdad es que a mí las de arroz no me gustan mucho, y por eso no le elegí ninguna de arroz (luego cambió alguna para probarlas) y cuando resultó que las de arroz le gustaron más que las de maíz, pues claro, la culpa era mía. Si no hubiese llegado a probar las de arroz hubiese estado tan contento.
Bueno, mi familia y mi familia adoptiva, llegaron a conocerse. El Colocho entabló no sé qué conversación filosófica con mi madre que estuvimos esperando a que terminasen durante un rato que nos pareció un siglo. Ya había mucho sueño y ganas de agarrar una cama.
A la vuelta, para no perdernos por cincuentava vez en el día, seguimos a Alfredo hasta un punto más o menos conocido para nosotros y pudimos llegar a dormir de una vez. La verdad es que llegar un viernes noche a ese hotel no parece muy alentador, pues hay dos discotecas justo en la trasera, pero luego desde dentro no se oyen, menos mal.
En realidad, hoy es 10 de abril, así que el esfuerzo que voy a hacer para recordar todas estas cosas va a ser mayúsculo y probablemente obtenga un resultado bastante pobre en detalles. Pero mis padres y Pablo han vivido todo esto, así que de mis lectores habituales (que yo sepa) sólo me queda Leo que no se va a enterar como debiera de todo esto. Sorry, bonita.
A las 6 am, tras un desayuno que consistió en unas galletas de fibra y un Gatorade congelado (se me olvidó sacarlo del congelador el día anterior), agarré el pick up rumbo al desvío para hacer el recorrido de siempre hasta casa de Alfredo. Esta vez cargada con dos maletones enormes. Uno para llevar de viaje los días que iba a pasar con los invitados y el otro de ropa que quería que mis padres se llevasen de vuelta porque yo ya no voy a usarla (¿dónde voy con un poncho de lana guatemalteco si la temperatura mínima es de 23ºC?).
En el bus que me llevaba a casa de Alfredo, un hombre me ayudó a pasar los maletones por el maldito torno que llevan los buses urbanos. Más de una señora mayor debe haberse accidentado en uno de ellos.
A cambio del favor, le respondí a las preguntas que me hacía. Creo que ya me voy cansando de contar siempre la misma historia a todo el mundo, ya he encontrado el método para abreviar las respuestas y que las respuestas que doy no den pie a nuevas preguntas. Menos mal que siempre me suelo bajar después que esos pesados, porque si no, los veo capaces de bajarse conmigo para llevar las maletas y más tarde agarrar otro bus.
Llegué a casa de Alfredo (donde sólo estaban Alicia y Gloria) para dejar allí la maleta de ropa de invierno y después marcharme a la oficina, donde Alfredo me esperaba para ir a buscar a mis papis al aeropuerto.
Llegué a la oficina bastante temprano, así que tuve que matar mis nervios haciendo los pasatiempos de los diarios atrasados. Alfredo bromeaba mucho conmigo, sobre todo con Pablo. Me veía nerviosa y decía eso no es porque vengan tus padres...¿eh?
Cuando salimos, teníamos miedo de encontrarnos la carretera tapada. Resulta que una de las comunidades que vive al lado de la carretera al aeropuerto llevaba más de un mes sin agua y como protesta habían taponado la carretera desde las 6 de la mañana. Con toda la razón del mundo, pero qué mala suerte que fuese precisamente hoy.
Llegamos al atasco, pero con tantísima suerte que sólo estuvimos parados cosa de 5 minutos, acababan de abrir la carretera así que llegamos estupendamente al aeropuerto. Hasta nos sobró tiempo y todo y eso que el vuelo de mis padres llegaba temprano.
Mientras esperábamos que llegasen, un hombre nos intentó vender lotería. Yo le decía que a mi nunca me toca eso y nunca me va a tocar y el tipo erre que erre. Creo que no quería venderme lotería, quería hablar conmigo. Y está mal que yo lo diga, pero es que con el resto de personas (y había más guiris) no paraba más de 6 segundos y eso mosquea. Al final Alfredo le cambió un billete premiado que él tenía (premio de reintegro) por uno nuevo.
Llegaron mis padres. Besos, abrazos, presentaciones y yo tenía muchas ganas de que me contasen cómo les había ido en Cuba, pues habían pasado una semana allá y venían directos desde La Habana.
Mientras íbamos camino a San Salvador me (nos, a Alfredo y a mí) contaron sus aventuras en las carreteras cubanas, recogiendo autostopistas que se liaban a contar sus vidas. Nos contaron acerca de Chiqui, su guía particular, al que han cogido mucho cariño y muchas otras anécdotas. A lo largo de los siguientes días fueron saliendo muchas más.
Por el camino paramos a tomar un coco helado y pudieron probar las semillas de marañón, que saben a algo así como el cacahuete. Las semillas me gustan, ahora, el fresco de marañón... puaj. Ni el fruto. Es muy astringente y su sabor, aunque dulce, me desagrada.
Hora de almorzar y... a Olocuilta a probar las famosas pupusas. O papusas, o papuskas, o como sea el nombre, ¿verdad Pablo?. Les gustaron mucho, mi madre pidió una sólo para probar y (como de costumbre) acabó comiéndose la de otro para llenarse el estómago. Las mejores, las de queso. Unanimidad al respecto.
Llegamos al hotel en el centro. Mis padres no pusieron mucha cara de entusiasmo al verlo. Es un eufemismo. La verdad es que mi madre acabó odiando aquél lugar y ni siquiera me lo dijo directamente. Ya le vale, ten madres para esto. Lo que pasa es que yo quería tenerlos en el centro para poder ir al mercado cuando quisiésemos, tener las artesanías en la puerta de al lado y poder orientarme un poco a partir de allí, que es la parte de la ciudad por la que más ando. Y de verdad, de los hoteles de por allí, era de lo mejorcito.
Rociamos la primera noche con Baygon Total y murieron hasta las cucas, que estaban por ahí panza arriba en el suelo, bien muertas. Por lo menos en la habitación de mis padres no había cucas, algo es algo, pero mi madre se quejaba de que decía que sus sábanas parecían usadas (usadas la noche anterior, se entiende, no es que mi madre quiera estrenar sábanas cada vez que va a un sitio). Lo que no entiendo es por qué no pidió que se las cambiasen, no creo que costase tanto.
El caso es que mi madre lo pasó fatal y a mí lo único que me llegó de ella eran quejidillos como en broma. Terrible, no vuelvo a confiar en ella.
Pero me he adelantado a los hechos. Después de dejar las cosas en el hotel, Alfredo nos llevó al sitio de alquiler de coches. Yo le di la dirección del lugar: 1ª diagonal con Calle Dr. Arturo Romero. Nada. Que ni le sonaban campanas. Le dije que la UPES estaba allí. Nada de nada. Le dije que estaba en la Colonia Médica. Ya le sonaba algo pero creo que el sitio que me mencionó estaba en la otra punta de la ciudad. Vale, pues ya de cachondeo, le dije que había un Pollo Campero arriba de la calle. Ah, ya sé dónde es. ¡Pero, pero, pero... Cómo va a saber dónde es!. A ver... Si a alguno de vosotros os digo: la casa está en Andrés Antón con Altamira. Nada seguramente. Si os añado: por la avenida Daroca. Probablemente siga sin sonaros nada. Os digo que cerca de la plaza de las Ventas. Ahí ya sabemos se qué hablo. Pero... ¿y si os digo en lugar de eso que hay un Telepizza al lado? Pues es lo mismo. El caso es que, efectivamente, sabía dónde era y llegamos. Todavía no entiendo qué pasó, si es de efecto retardado y alguna de las pistas anteriores hizo clic cuando le dije lo del Pollo... Porque me niego a creer que supiese de qué hablaba por un maldito local de comida rápida del cual hay decenas en la ciudad.
Hicimos perder mucho tiempo a Alfredo, todavía no nos tenían preparados los papeles (y eso que les dije que tuviesen todo listo, cagüen...) y el revisar el coche para ver las abolladuras y los rayones llevó bastante rato. Al final le dijimos a Alfredo que se fuese y que si podíamos, iríamos por la oficina después para saludar a la gente.
Yo no entiendo cómo mi madre no se mete en líos gordos nunca. Por el camino, hablando con Alfredo, se había puesto medio al corriente de la situación política del país. A saber, para ella, habían perdido los buenos (los que decía Alfredo que son los buenos, el Frente, claro) y habían ganado los malos. Y los buenos pasaron a ser los nuestros por no sé qué arte de asimilación. Y claro, una vez que son los nuestros y encima son los buenos, toca defenderlos a capa y espada y sea ante quién sea.
Claro, cuando empieza a soltarle puyas al tipo del alquiler de coches, que tiene en su propiedad por lo menos 10 coches, tiene su despacho con banderitas de EEUU y ninguna razón aparente para votar por el cambio social... A mí me entraron ganas de meterme debajo de la mesa. Pero está claro que el tipo es un buen comerciante y el cliente siempre tiene la razón y salimos de allí sin saber exactamente a qué partido votó (al menos yo, mi madre seguro que pensó que votaba a los suyos) pero con unas cuantas declaraciones que comprometerían a cualquier votante de ARENA. Y él con sus 400$ en efectivo, claro.
Fuimos a hacer el papeleo con el abogado. Para salir del país con un coche que no es tuyo necesitas un papelucho firmado por el notario que diga que te lo prestan para ir a tal y tal país durante tal período. Por el camino, como teníamos mucha sed, paramos a tomar unos ricos licuados.
Después, dejamos a mamá en el hotel, que estaba muy cansadita y fuimos a por Pablo al aeropuerto, llegaba desde Miami a las 20.20. Allí estaba Yolanda, otra becaria como yo, que esperaba también a su novio. También vislumbré a Carol, la gijonesa que conocí el fin de semana anterior en la playa. Este país es muy pequeño.
Cenamos en el Pizza Hut, una ensalada, claro, no tenían pizza, qué cosas pedimos. Tenían ensaladas, sandwiches, palitos de pollo... Pero no pizza. Le ofrecimos a Yolanda irse con nosotros a San Salvador, y aceptó encantada porque pensaba volverse en taxi y son 18$ de viaje.
Y al fin llegó Pablo. Qué lindo, siguió mis instrucciones y salió el primero del control de pasaportes y la recogida de equipajes. No le registraron en la aduana y menos mal que me avisó mi padre de que había llegado, que yo ni lo había visto.
Claro, me agarré como una lapa a mi niño, que estaba más alto y más guapo que la última vez que lo vi. Y sobra el comentar la inmensa cantidad de mimos y carantoñas que nos hicimos. En ese momento y durante el resto de los 10 días siguientes. Hubo mimos, más mimos y se me olvidó comentar algún mimo más. Y me encantaría comentar algún detalle más, pero sé que a Pablo no le gusta que aireen su vida privada así que lo voy a respetar. (Si él no leyese esto, probablemente lo haría de todas formas, pero es mi mejor lector, así que mejor no tentar a la suerte :P).
El camino de vuelta fue tranquilo, hablando de política (tanto salvadoreña como española), de los atentados, de Cuba y hasta de mariachis, pues encontramos unos en una esquina que se vendían el mejor postor y estaban bastante interesados en que nos los llevásemos a casa. Y digo yo... ¿quién necesita unos mariachis un jueves por la noche?
Dejamos a Yolanda y oh, madre mía, había un Pizza Hut abierto en la esquina y Pablo no había cenado. Al menos en este sí que tenían pizza. Y hasta servían coca-cola gratis a los clientes. Al final buena parte de la pizza de Pablo sirvió para que mi pobre madre cenase, que claro, se había quedado en el hotel a descansar pero tenía hambre y no nos habíamos acordado de ella. Y a ver quién encuentra dónde cenar a esas horas de la noche.